miércoles, 31 de diciembre de 2014

Victoria Falls at last!

29 de diciembre

Hoy emprendo la segunda parte de mi viaje, moviéndome ya por mi cuenta, como acostumbro a hacer habitualmente. Aunque no me gustan demasiado los viajes organizados, tipo circuito, ha sido agradable viajar acompañado, con Elena y su familia. Anoche volvimos a quedarnos los dos hasta las tantas charlando en el bar del hotel, mientras yo tomaba un batido, después de la cena de despedida. Por otra parte, el circuito ha resultado agradable en términos generales: muy bien organizado, con bastante tiempo libre, sin apenas paradas “preceptivas” en las tiendas y con un guía realmente bueno. Aunque también, claro, con la típica rigidez de horarios, acentuada por el sentido sajón de la puntualidad. En general, el balance es positivo y me alegro de haberme animado al viaje cuando Elena me lo propuso en agosto.

Como mi vuelo sale a las 9 de la mañana, cojo el taxi a las 6, para ir con tiempo suficiente, lo que significa levantarse a las 5. En el taxi me acompaña una mujer canadiense, aunque residente en Estados Unidos, que estaba en nuestro grupo de Gate 1. El guía le dijo que yo había apalabrado un taxi a primera hora de la mañana y, como ella iba a salir a las 6,30, me propone compartir gastos, si bien los dos estamos de acuerdo en subir un poco el precio pactado con el taxista, con una propina, porque ahora lleva a dos personas en vez de a una. En el taxi cuenta que es enfermera jubilada y que está pasando un año sabático en Malawi, en los Cuerpos de Paz de la ONU, preparando a enfermeras locales. Tiene una conversación muy interesante y es simpática y sociable. Durante todo el trayecto no deja de hablar con el taxista, preguntándole de dónde es, si tiene familia, cómo ha pasado las Navidades….

Ya en el aeropuerto localizo una consigna para dejar parte del equipaje y recogerlo cuando regrese a Johannesburgo el último día. La consigna resulta ser bastante cara para los estándares de Sudáfrica (casi 50 euros al cambio) y, además, solo se puede pagar en efectivo, por lo que tengo que sacar dinero de un cajero. Ya solventado el tema del equipaje, miro las pantallas de salida de los vuelos, pero no puedo encontrar el mío. Viajo con Hahn Air, una operadora que opera vuelos de otras compañías. El único vuelo anunciado para Victoria Falls sobre esa hora sale a las 8,45 (no a las 9) con Goafrica, una aerolínea de bajo coste. Pregunto en un mostrador de información y me dirigen a los mostradores de este vuelo, pero allí no hay nadie. Tras esperar un rato encuentro una oficina de venta de billetes de la compañía. La mujer que me atiende, como casi siempre desde que llegamos a África con mucha amabilidad y con una sonrisa, me dice que sí, que mi vuelo es ese y que el mostrador de facturación abre  a las 6,30. De todas formas, tampoco lo confirma con total seguridad, por lo que me quedo un poco mosca. De hecho, compruebo en Internet si quedan billetes para esa mañana, por si al final hubiese una emergencia y tuviese que agenciarme otro vuelo para no quedarme tirado. Mientras espero a que abra el mostrador, se me acerca un señor asiático para preguntarme si estoy en el vuelo de Goafrica (él tiene también el billete con Hahnair) y me comenta que lo han retrasado a las 10,45. Cuando por fin abren la facturación la azafata es bastante seca con el grupo de asiáticos (me pregunto si el tema racial o la influencia de China en África tiene algo que ver, la verdad) y parece confusa. Les dice simplemente: “Wait”. Y se pone a hacer otras cosas…. Mi nerviosismo va en aumento. Pero, finalmente, tras 10 minutos o así, parece que se aclaran con los billetes y podemos facturar. Como es un vuelo de bajo coste pienso que me van a hacer pagar por facturar equipaje, lo cual ya es lo de menos si cojo el avión. Sin embargo, al ver que el billete lo ha emitido Hahn Air, me dicen que yo no tengo que pagar por facturar la mochila. La azafata tan solo me hace enseñarle los líquidos del equipaje de mano para asegurarse de que no exceden el tamaño permitido. Y conmigo está amabilísima, a diferencia de su comportamiento anterior.

Al pasar el control de pasaporte, después de desayunar algo, veo a Sergio y Brigitte, y los saludo ya en la zona de embarque. Su vuelo salía a media mañana. De haber sabido que el mío se retrasaba podía haberme marchado con ellos.

En el avión procuro dormir un rato, pero cuando me despierto tengo que salir urgentemente al aseo, a pesar de estar en asiento de ventanilla y tener que molestar a mis dos acompañantes. Tengo un poco de diarrea, no sé si por el efecto de los antiinflamatorios que he estado tomando para la contractura, combinados con la medicación para la malaria; o simplemente por el descontrol típico de horarios, comidas y clima. En el vuelo lo paso regular por este motivo. Cuando estamos a punto de llegar, el piloto dice que tenemos que esperar unos minutos porque hay otro vuelo que va a aterrizar antes que nosotros, pero como “recompensa” nos dice que va a sobrevolar las cataratas. Yo no llego a verlas, pero sí diviso una magnífica vista aérea del río Zambeze, que casi corta el aliento, aunque debo reconocer que estoy loco por aterrizar y poder salir del avión.

Cuando aterrizamos finalmente veo que hay delante de nosotros un avión de Air Botswana, del que desciende el pasaje. Forman una cola delante de la terminal, guiados por un oficial de inmigración. Me da que los trámites de inmigración y de aduana van a ser de todo menos rápidos. “African time”. A todo esto yo estoy loco por volver a utilizar el aseo, porque fuera de la terminal no hay, obviamente…. Formamos una cola inmensa que no se mueve durante al menos 10 o 15 minutos. Cuando entramos en la terminal el militar que revisa los pasaportes me pregunta si voy a viajar a algún otro país. Le digo que cruzaré la frontera con Zambia para ver las cataratas desde el otro lado y luego partiré para Botsuana. Me dice que necesito un “Univisa” y me manda a la fila de visado múltiple (hay otra cola para los que necesitan visado y una tercera para el visado de una sola entrada). Como no estoy muy convencido --después de todo yo no voy a regresar a Zimbaue más que una vez desde Zambia—me acerco de nuevo al militar y le vuelvo a explicar mis planes de viaje. Pero, nada, insiste en el “Univisa”. Intento hacer ademán de ponerme en la cola de visado sencillo, pero me manda de regreso a la de visado múltiple. Delante de mí, un grupo de jóvenes americanos, curiosamente fornidos y tatuados por igual, despotrica contra la lentitud de la ventanilla de visados y también comentan que no tienen claro el tema del visado múltiple. Después de una espera bastante larga para las pocas personas que estamos en esta cola (hay dos oficiales, pero uno se limita a teclear en el ordenador), me dan el visado: 50 dólares. Recojo la mochila, que está en el suelo, junto con el resto de maletas y salgo a la zona de llegadas, donde veo a una persona que me espera con un cartel: contraté el “transfer” al hotel por 13 dólares. Aunque el vuelo ha llegado tarde, se han hecho cargo de los cambios. Después de saludar a mi anfitrión de bienvenida, le dejo casi con la palabra en la boca y le pregunto por el “toilet”. 

El aeropuerto de Victoria Falls dista unos 20 kilómetros del pueblo. Por el camino, el conductor me pregunta de dónde soy y, como pasa siempre lejos de España, al saber que soy de Madrid saca el tema del Real Madrid y acabamos hablando de fútbol: si él supiera lo poco futbolero que soy yo, pienso. Me pregunta por mi jugador favorito del Madrid y, como el día anterior leí un noticia sobre que habían nombrado a Sergio Ramos como uno de los mejores jugadores del año, le digo que Ramos. A él le gustan más Cristiano Ronaldo y James Rodríguez, me dice. De camino a la oficina para pagar el transfer me enseña una hoja con las actividades que ofrecen: Victoria Falls es famoso por las actividades de aventura. Puedes hacer puenting, rafting, montar en un quad… Además de otras actividades más “tranquilas”, como montar en helicóptero o hacer un minicrucero por el Zambeze. Como entre unas cosas y otras son ya casi las tres de la tarde va a ser difícil acercarme a ver las cataratas, como tenía previsto inicialmente, porque el parque cierra a las seis, según me dice el conductor. Le pregunto por las diferencias entre los cruceros para ver el atardecer, que oscilan desde 45 dólares hasta casi 100. Por lo que me cuenta, y me confirman después en la oficina, la diferencia reside sobre todo en la comida que te ofrecen durante el trayecto, que es algo que a mí me importa poco (lo que quiero es ver el río), y más un día como hoy. Acabo reservando el crucero más barato y no me arrepentiré, porque cuando veo los otros barcos surcando el río (incluyendo el Zambezi Explorer, que es el más caro de los que me ofrecían, en una de sus tres cubiertas) corroboro que, efectivamente, hacen el mismo recorrido y que no hay gran diferencia en cuanto a confort, salvo que vayas buscando lujo. Quizás la principal diferencia es que en la mayoría de los barcos viajan de forma casi exclusiva blancos, mientras que en el mío los blancos somos una clara minoría.

Después de hacer el checkin en el hotel, volver a dejar con la palabra en la boca al empleado del hotel que me acompaña a la habitación y deshacer la mochila, me tomo algo de suero hiposódico para ver si mejoro de la diarrea, y me meto el Fortasec en la mochila de mano por si acaso. Al final, este viaje va  a acabar justificando el botiquín tan completo con el que viajo siempre que salgo a lugares lejanos y que a algunos les parece exagerado: entre el Reflex para la contractura, el antihistamínico para Elena, tiritas para un corte que se hizo su marido, y ahora esto no me voy a arrepentir del peso del botiquín… 

Antes del crucero doy una vuelta rápida por las instalaciones. Se nota que es un hotel de lujo: tiene unos jardines muy bonitos, con piscina y un pequeño lago. En un edificio anexo al hotel hay un casino, un par de restaurantes de comida rápida y tiendas. El wifi, eso sí, va francamente mal (por suerte en la zona comercial hay wifi gratuito que funciona muy bien).  






A las cuatro me recogen para el crucero. Nos llevan a un hotel situado junto al río, más lujoso aún que el mío, el Zambezi River Lodge, y allí embarcamos. Desde la orilla vemos un grupo de bailarines africanos, que, la verdad sea dicha, se lo están currando de veras. No paran de moverse y de sudar. Al regreso hago algunas fotos y les doy un par de dólares. Disfruto mucho del crucero por el río. Es, quizás, menos espectacular que el que hicimos en el circuito, aunque vemos pequeños cocodrilos y bastantes hipopótamos, pero hay también menos gente y, sobre todo, el ritmo es sosegado y placentero. Eso sin contar con el simbolismo de navegar por el cuarto río más extenso de África (después del Nilo, el Níger y el Congo).














De regreso al hotel, al preparar la mochila de día, me percato de que no tengo la cartilla de vacunación para la fiebre amarilla, que es obligatoria cuando se visita Zambia. No sé si he sido tan estúpido que la he dejado en casa y la he confundido con el permiso de conducir internacional, que también tiene forma de cartilla, aunque más grande, o si la he perdido en el viaje (cosa rara porque iba, creía, con el pasaporte). En todo caso, por más vueltas que doy, tanto esa noche como al día siguiente por la mañana, la cartilla no aparece. Me da una rabia inmensa, porque me vacuné de la fiebre amarilla precisamente con la idea de cruzar la frontera y, además, he tenido que pagar el dichoso “Univisa”, que, luego averiguaré, es un “avance” con respecto a la situación anterior, cuando se pagaba mucho más. Sea como sea, no voy  poder cruzar a Zambia, porque me pueden pedir la cartilla al volver a Sudáfrica y denegarme el acceso en la frontera. No quiero arriesgarme. Tan solo espero que no me pongan problemas al ver el visado en el pasaporte, aunque siempre podré argüir que no hay ningún sello de Zambia.


Para acabar el día me acerco a la zona comercial de al lado del hotel a comer una pizza suavecita (voy mejor de la diarrea y decido arriesgarme porque no he comido casi nada desde el desayuno). Mañana quiero ir al desayuno en cuanto abra, a las siete, para llegar pronto a las cataratas y evitar las multitudes. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Johannesburgo

28 de diciembre

Paso una noche un poco regular, porque la contractura me molesta bastante y me cuesta mucho moverme y levantarme de la cama. Me echo réflex, hago algunos estiramientos que encuentro en internet y en el desayuno me enchufo antinflamatorios y analgésicos. No me gusta tomar medicación por una simple contractura, pero quiero mejorar rápido, porque mañana emprendo la ruta a Victoria Falls solo y tengo que manejar el equipaje. En el desayuno le pregunto a Don por la mejor manera de llegar al aeropuerto. Me recomienda que busque un taxi yo mismo, porque a través del hotel será más caro. Salgo a la calle y le pregunto el precio al único taxista que veo. Me pide 450 rands (algo más de 30 euros). Le ofrezco 350, se lo piensa y al final me dice que sí por 370. Quedo con él a las seis de la mañana. El precio no está mal, por lo que veo después, porque en distintas webs te piden 470 o 495 rands.

Cuando partimos, sube al autobús otro guía, de Soweto, que nos va a enseñar este barrio. La primera parada es para una foto del cartel y de unas casas que son bastante acomodadas: en Soweto a día de hoy vive también población negra adinerada y el barrio no es siempre ese reducto de pobreza y rebeldía que fue durante el apartheid. La segunda parada es para fotografiar desde el autobús unas torres de electricidad decoradas con motivos africanos y la tercera, para visitar un museo que no resulta ser nada del otro mundo, aunque sí merece la pena conocerlo para familiarizarse con la represión de las protestas estudiantiles en 1976 (el museo está dedicado a Hector Pieterson, un niño de 13 años, muerto a tiros, como otros jóvenes, por protestar en contra de la introducción del afrikáans como lengua obligatoria en las escuelas negras). Luego, vamos a la casa de Mandela y finalmente, al museo del apartheid, que para mí es lo que más merece la pena de todo el recorrido. Se trata de un museo grande y muy bien “ambientado”. De hecho, los billetes de acceso dividen a los visitantes aleatoriamente en “blancos” y “negros”, con dos entradas distintas para iniciar la visita. Se pueden ver varios documentales, fotos, documentos históricos y objetos reales: impresiona, por ejemplo, ver las celdas de aislamiento o la inmensa tanqueta que utilizaba la policía para reprimir las manifestaciones, sobre todo durante los años 80. No se pueden hacer fotos en el interior, pero es una visita muy recomendable.








Antes de llegar al hotel pasamos por el centro de Johannesburgo para ver las calles desde el autobús. En el barrio donde están las oficinas del gobierno, y donde antaño había comercios y hoteles, casi todo permanece cerrado y en decadencia. En algunas calles adyacentes sí se ven comercios abiertos, aunque la estampa general es la de un sitio desangelado. Ya de regreso al hotel, sobre las tres y media, salimos a comer a un restaurante africano de Melrose Arch. Inicialmente me pido un guiso de avestruz parecido al que no pude acabar el día anterior, pero la camarera me recomienda mejor el filete de avestruz. Aunque los precios son caros para Sudáfrica, la carne está muy buena. Eso sí, a las 7 tenemos la cena de despedida, a la que llegaremos poco después de acabar de comer. Antes de volver al hotel me enchufo otro antinflamatorio y un analgésico, aunque estoy muchísimo mejor de la contractura, afortunadamente. 

El Cañón del Río Blyde

27 de diciembre




Hoy partimos rumbo a Johannesburgo, la última etapa del tour. Es básicamente un día de autobús, aunque el camino discurre por una ruta panorámica con varias paradas interesantes en términos paisajísticos.

Antes de salir tengo un pequeño contratiempo. Me hago daño al agacharme para meter una cosa en la mochila y se me pone una contractura bastante fuerte en la espalda, en la zona lumbar. Me cuesta un poco andar y, sobre todo, sentarme y levantarme, pero me apaño para desayunar primero y subir al autobús después. El tiempo tampoco acompaña: llueve bastante y hay niebla, lo que nos impide disfrutar de nuestra primera parada en un promontorio que llaman la “ventana de Dios”, porque las vistas, al parecer, son espectaculares. Subimos al mirador, pero no se divisa nada. Cuando regresamos al autobús el tiempo mejora un poco y podemos admirar el paisaje, inmensamente fértil, desde la ventanilla.

En las dos siguientes paradas, en cambio, disfrutamos de unas vistas realmente bonitas de “Blyde Canyon”, el tercer cañón más grande del mundo después del Gran Cañón de Arizona y del Cañón del Río Fish en Botsuana. El paisaje merece mucho la pena y debe de ser un buen sitio para pasar un par de días haciendo alguna ruta. El guía aprovecha también para hacer un foto de grupo.









Paramos para comer cuando faltan un par de horas para llegar a Johannesburgo. El restaurante que elegimos (Elena, su marido, sus hijos y yo, pues Brigitte y Sergio prefieren comer solo fruta) tiene muy buena pinta. Es el único edificio del pueblo que se mantuvo intacto durante la guerra Anglo-Boer. Pido un guiso típico con avestruz en cazuela de barro, pero tardan casi una hora en servirnos, a pesar de que les pregunté si el guiso tardaría mucho y me dijeron que era rápido. Como solo nos han dado una hora y cuarto, y la comida está ardiendo, no puedo llegar a acabarme el plato. Una pena, porque es lo mejor que he probado en Sudáfrica.

En el autobús Don, el guía, sigue desgranando la historia de Sudáfrica y habla también del sistema político, educativo y sanitario. Es tremendamente crítico, probablemente con toda razón, y enfatiza continuamente cómo han empeorado las cosas en los últimos años, así como la corrupción que impera en el país desde la muerte de Mandela. Nos reta a acercarnos al hospital de Johannesburgo y ver simplemente la entrada para darnos cuenta de que aquello es un caos, a pesar de que el sistema sanitario sea público y gratuito.

Antes de llegar a Johannesburgo paramos en el centro de Pretoria, para ver la sede del gobierno. Está jarreando a mares y tan solo los hijos de Elena, por un lado, y yo, por otro, nos atrevemos a bajar del autobús, aunque solo sea para ver los jardines y los edificios en dos minutos.





En Johannesburgo nos hospedamos en una zona cerrada, Melrose Arch, con vigilancia privada y cámaras de seguridad, una de esas jaulas de oro que protegen a la clase acomodada y a los turistas de la violencia que azota la ciudad. Después de la cena (en un italiano) me acerco al bar del hotel, especializado en batidos, a tomar uno (el dulce siempre me pierde). Elena me dice que se une a mí. Quiere comentarme alguna cosa relacionada con los tiempos en que compartíamos equipo rectoral. Estamos charlando casi hasta las once de la mañana. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Parque Kruger

26 de diciembre

A las 5,15 nos recoge un jeep en el hotel para visitar el Parque Kruger, la principal reserva de fauna salvaje de Sudáfrica y uno de los parques naturales más fácilmente accesibles de África, que está situado a una media hora en coche. A las 6 emprendemos el recorrido por el parque. Pasamos unas tres horas en el jeep, aprovechando las primeras horas de la mañana, antes de que haga demasiado calor y sea más difícil avistar animales. Entre otros animales vemos impalas y otros antílopes, zebras, jirafas y elefantes. 









Sobre las 9,15 paramos en una zona de descanso para desayunar. Yo aprovecho para tomarme un par de cafés, a pesar de no ser cafetero, porque a veces me cuesta mantener los ojos despiertos. Quizás se deba al Malarone, la medicación que estoy tomando para prevenir la malaria, que me dé sueño. 

Alrededor de las 10 reemprendemos el viaje, hasta la una. Tenemos un nuevo conductor, Musi, de origen zulú, muy simpático, aunque a mí me cuesta a veces entender su inglés. Ahora estoy mucho más despierto y disfruto mas del recorrido 

Aunque pensábamos que veríamos menos animales por el calor, la mañana resulta más que productiva. Vemos búfalos, babuinos y otros monos, hipopótamos y muchos pájaros...









Y sobre todo tenemos la suerte de ver varios leones muy de cerca...






Cuando estamos a unos pocos kilómetros de la zona de descanso donde vamos a parar para la comida encontramos un atasco monumental, porque dicen que han avistado un jaguar. Después de esperar y esperar, y hacer cábalas sobre una mancha marrón tumbada a lo lejos, efectivamente acabamos viendo un gran felino moviéndose rápidamente y ocultándose entre las ramas. Yo no estoy muy convencido de que sea un jaguar (no le veo las manchas y me parece un león), pero si Musi dice que es un jaguar, lo será. Con este completamos los "big five": león, búfalo, elefante, hipopótamo y rinoceronte. Cuatro de ellos en una misma mañana. El nombre de los "cinco grandes" no hace referencia a su tamaño o a su importancia, como cree mucha gente, sino a su peligrosidad para los cazadores. 

En la zona de descanso paramos una hora. Tengo el estómago un poco revuelto (de hecho, estaba ya apurado por llegar al servicio) y, por pura precaución, prefiero no comer nada y esperar a la cena. 

A las dos reemprendemos el viaje. El día está nublado, amenazando tormenta y, quizás sea por eso, a pesar de que hace bastante fresco, es el momento del día en que menos animales vemos: impalas, elefantes, jirafas y pájaros de nuevo. Y alguna tortuga y camaleón. 


En general, el safari resulta ser una pasada. Es una maravilla poder ver a los animales en libertad y disfrutar de la naturaleza, aunque sea desde un vehículo. Mañana será día de autobús para llegar a Johannesburgo, la última etapa del viaje organizado. A partir de aquí empezaré el recorrido por mi cuenta por las Cataratas Victoria y Botsuana. 

jueves, 25 de diciembre de 2014

En ruta hacia el Parque Kruger

 25 de diciembre - Hoy es un día de transición. A las nueve de la mañana estamos ya todos montados en el autobús, aunque hay una pequeña demora para salir hasta que nos aclaramos dónde debe sentarse cada uno. Esta compañía implementa en todos sus tours lo que llama “seat rotation policy”, que básicamente significa que cada día hay que cambiarse de sitio en el autobús, según una regla fija, que te lleva a adelantar dos puestos en cada cambio. A mí, la verdad, me parece una complicación para algo que podría resultar mucho más sencillo. Pero todo el mundo se lo toma con esa seriedad anglosajona y ese respeto a las normas que tienen los estadounidenses. Lo mismo sucede con los horarios, medidos casi al minuto. Cuando por fin conseguimos arrancar nos encaminamos a una escuela local con la que Gate Tour colabora. Nos recibe un grupo de niños pequeños para que nos hagamos fotos con ellos y les demos el material escolar y los regalos que les hemos traído. Yo me siento como en “Bienvenido Mister Marshall”, aunque entiendo que por lo menos los donativos que reciban les serán útiles, o eso espero…. Los americanos del tour están todos encantados y algunos, casi entusiasmados. No deja de haber una cierta contradicción en que luego partamos todos en un autobús de lujo hacia un hotel de lujo….




El resto del día es de autobús. Sobre las 13,30 paramos en una gasolinera y compramos algo de comida rápida para comer en marcha. De camino, el guía habla sobre la historia de Sudáfrica. Aunque el tema me interesa, y mucho, debo confesar que, como duermo poco, cada vez que empieza a hablar me quedo dormido. Ayer tuvimos más tiempo para descansar, para al final me acosté a las doce y media, actualizando el blog.


Llegamos al hotel a las 15,30. Como el que nos habían asignado inicialmente estaba completo, nos han dado otro, teóricamente mejor según el guía. Las habitaciones son un poco viejas, pero las instalaciones son muy bonitas, con jardines, un campo de golf y hasta un río con hipopótamos y cocodrilos (de hecho, nos aconsejan no andar por allí de noche). Tras deshacer el equipaje salgo a dar una vuelta por las instalaciones del hotel y me encuentro con Elena y Jim, que también están dando un paseo. Regreso a la habitación a actualizar el blog, con idea de bajar luego a leer un rato a la piscina antes de la cena, sobre las siete, que tenemos incluida en el hotel. Mañana hay que estar en pie a las 4,15 para uno de los grandes acontecimientos del viaje: el safari por el parque Kruger.